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Cuando se acerca el Día de las Velitas, a veces, se generan largas filas en algunos supermercados del Valle del Cauca y no es porque se estén dando regalos, sino porque muchos compradores buscan su paquete de velas con anticipación, para encenderlas en la noche del 7 de diciembre.

También hay calles en las que se ubican los vendedores que se las ingenian para crear faroles, pues le dan un toque especial a esta noche en la que las luces se apoderan de andenes, ventanas y cualquier otro espacio donde se pueda encender una velita.

Hay quienes no usan faroles, pero sí le quitan una tabla a la cama, para luego pegarle las velitas y así evitar que el piso se llene de cera derretida. Es como una forma recursiva de ahorrarse el trabajito de la limpieza cuando las llamas se apagan.

La tradición de las velitas surge de la religión católica, ya que al día siguiente es la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María o como otros la llaman “Día de la Virgen”. Pero esta celebración se ha arraigado en los corazones de la mayoría de los vallecaucanos, que se reúnen en familia y ven en cada velita encendida la oportunidad de pedir un deseo, dar gracias o recordar a esos seres queridos que ya no están físicamente.

Es por esto que en la Noche de Velitas algunos cementerios dejan de ser lugares temerosos y silenciosos, y se llenan de destellos de luces porque hay familias que prefieren encender las velitas al lado de la tumba de su ser querido.

Los cementerios se transforman en lugares mágicos, donde los niños juegan alrededor de las tumbas, sin miedo, donde se escuchan melodías de música salsera, alguna balada o ranchera, y hasta se comparten alimentos, mientras se sostiene una charla con aquellos que están en el más allá y se les recuerda compartiendo anécdotas familiares.

En algunos barrios que cuentan con parques o callejones, hay vecinos que se reúnen para encender las velitas en comunidad y luego ‘tirar paso’ o bailar bajo la luz de la luna, a la vez que comparten natilla, buñuelos, dulce de manjar blanco y aguardiente; otros más comprometidos hacen tamales vallecaucanos o alistan el sancocho, por si amanece.

En el Valle, el Día de las Velitas es como el abrebocas a un mes lleno de alegría, fiestas y compartir. La tradición infaltable al día siguiente, el 8 de diciembre, es el ‘paseo de olla’, es decir, darse un chapuzón en algún río y preparar al aire libre el sancocho o asado.

Este 2020 la celebración cambiará. Las familias se reunirán, pero con más bioseguridad, al igual que los vecinos, para protegerse del covid-19. Quizás no se permitan tantos brillos en los cementerios y sea mejor evitar las aglomeraciones o darle un respiro al río, pero el espíritu y el sentido de esta fecha será el mismo: agradecer, compartir y ser felices.

Turismo Pacífico

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