Cuando el abuelo me contó el mito del Valle del Patía

Las llamas muerden los leños de la hoguera. El abuelo frota sus manos al calor del fuego. Mira sobre su hombro y descubre a Anita, su nieta. Ella observa atenta y con emoción los saltos efímeros de las chispas.

– ¡Anita! Te contaré algo.

Antes de que yo naciera y que mis abuelos existieran, había un gran lago con aguas verdes y tranquilas. Con peces de increíbles colores que nadaban y saltaban sobre el agua. Creaban una danza mágica que alegraba el alma del lago.

Era tan mágico lo que ahí ocurría que los pobladores de la tierra se aproximaban y se sentaban en la cima de las cordilleras central y occidental. Observaban la belleza de esa puesta en escena.

Cuando el sol se posaba justo sobre el lago, los pájaros se ponían de acuerdo para volar de una cumbre a otra. Al encontrarse en el centro, se veían centelleos de arcoíris. Se escuchaban majestuosos cánticos corales, como el bambuco patiano.

¡De repente, todo se oscureció! Se escucharon fuertes rugidos, la tierra se estremeció y el lago se turbó.

-¿De dónde venían esos ruidos?

-Llegaron dos monstruos horribles. Rugían ¡Grrr grrr! Como seres de otro mundo. Esas criaturas tenían cientos de patas, hocicos enormes y babosos. Ojos aterradores.

Devoraron los peces. Se estiraban hasta el cielo para tragarse los pájaros. Las aves que escaparon a sus grandes fauces huyeron horrorizadas por semejantes alaridos.

¡Pero eso no fue todo! Su voraz apetito se tragó toda el agua.

-¿El lago desapareció?

-Sí.

Los monstruos se hincharon. Cuando ya no tuvieron nada más que engullir cavaron enormes hoyos y se enterraron.

Después de un tiempo, de las fauces de los monstruos empezó a brotar agua a borbotones, formando los ríos Patía y Guachicono. De sus patas empezaron a nacer árboles de almendro, totumos, samanes y muchos más.

-¿Los monstruos siguen durmiendo?

-No se sabe. Hay quienes dicen que están muriendo, como los dos ríos, que cada vez tienen menos agua.